COLUMNAS

Atletas paralímpicos en tiempos de inclusión

Por Carlos Kenny Espinosa Dondé

Justo al estar escribiendo este artículo, Mónica Rodríguez —atleta con discapacidad visual—, junto con su guía —Kevin Aguilar—, han ganado medalla de oro y récord mundial en los 1,500 m en Tokio. Ella ha conseguido la centésima medalla áurea en la historia de los Juegos Paralímpicos de verano y el podio 297, que inició su conteo en los Juegos de Heidelberg 1972. Todos los atletas olímpicos son un orgullo para sus países. En México conocemos los nombres del Tibio Muñoz, Capilla, Canto, González, Bautista, Pedroza, Mercenario, Girón, Soraya, Paola, María del Rosario, Ana Gabriela y otras glorias del deporte olímpico mexicano. ¿Por qué los nombres de Amalia Pérez Vázquez, Doramitzi González, Juan Ignacio Reyes o Arnulfo Castorena no son tan familiares?

Los atletas paralímpicos mexicanos han conseguido casi 300 medallas en 13 ciclos olímpicos, mientras los olímpicos tienen 72 medallas en 26 Juegos de verano. No me malinterprete: cada una de las 369 medallas merecen toda la gloria y admiración a quienes las ganaron. El público en general difícilmente imagina lo que un atleta olímpico hace y sacrifica para llegar a siquiera competir en los Juegos. Sólo le pido que, esta vez, trate de ponerse en el lugar de los atletas paralímpicos. Son atletas de clase mundial que entrenan con férrea disciplina y que, cuando terminan su trabajo deportivo, regresan a los tremendos retos que significa vivir en un país con infraestructura prácticamente nula para los discapacitados. La falta de acceso a sistemas de salud adecuados, las calles de las ciudades o pueblos sin rampas, falta de señalización para ciegos y débiles visuales, falta de intérpretes y maestros de lenguaje de señas, adecuaciones escolares, de transporte, laborales, jurídicas y gubernamentales para ellos. Discriminación generalizada, falta de oportunidades de trabajo, de pago justo y de posibilidades de crecimiento equitativo. Además de ser un reto, competir en los Juegos Paralímpicos es el premio a la perseverancia de quien tiene que sortear las condiciones adversas con las que se encuentra día a día. Quienes no tenemos alguna discapacidad no imaginamos lo que es vivir sin brazos o piernas, sin poder ver a nuestros seres amados cuando abrimos los ojos, abrazarlos y correr detrás de nuestros hijos o nietos. Menos aún entendemos lo que sienten quienes tienen una discapacidad intelectual. A esto sumemos los costos económicos y familiares. Los discapacitados merecen todo nuestro respeto, al igual que sus familias y círculos cercanos, aunque en algunos casos, ya sea por situación económica, ignorancia e incluso por vergüenza, son maltratados y hasta ocultados para el resto del mundo.

Hay 10 tipos de discapacidades consideradas por el Comité Paralímpico Internacional: deterioro de la fuerza muscular, deterioro del rango de movimiento pasivo, discapacidad en extremidades, diferencia de longitud en las piernas, baja estatura, hipertonía, ataxia, atetosis, discapacidad visual y discapacidad intelectual. Estos términos resultan desconocidos para la mayoría de la población, pero no para los más de seis millones de discapacitados que, según el Inegi, viven en México. Cuando no hay un caso cercano a nosotros, los discapacitados sólo son un breve recuerdo durante los Juegos Paralímpicos o cuando se acerca el Teletón. Al parecer, la discapacidad que prevalece en el país es la de voltear a otro lado cuando nos cruzamos con personas discapacitadas.

En este momento, México, y la mayor parte de países hispanoparlantes, vive un debate acerca del lenguaje inclusivo. ¿Sería más coherente incluir a nuestros discapacitados en la vida diaria o pedir a las televisoras que incluyan subtítulos para los sordos en sus programas? ¿Adecuar los trabajos y edificios públicos con instalaciones apropiadas? Antes de discutir si somos hombres, mujeres o las múltiples variantes que han aparecido últimamente, ¿no sería mejor primero ser humanos en toda la extensión de la palabra? Es fácil olvidar las prioridades.

Un saludo y mis respetos para todos los familiares, amigos y personal de salud que viven, conviven y trabajan con discapacitados. A pesar de que no todos los días son buenos, sus manos, voluntad y alma están al servicio de quienes los necesitan. Estoy seguro de que si todo México tuviera el corazón, valor y agallas de los discapacitados, seríamos un mejor país.

Columna/Excélsior

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