COLUMNAS

Aunque no lo acepte, daña más la ignorancia que la corrupción

ECONOMÍA SIN LÁGRIMAS

ÁNGEL VERDUGO

En ocasiones, contrario a lo que aconseja la prudencia, he discutido un tema del cual, por encima de los argumentos de cada una de las partes, mi posición sale derrotada. Esto se debe, no por mis endebles argumentos o porque los de los interlocutores sean genialidades, sino por algo diferente: una idea preconcebida, profundamente arraigada en la mentalidad de casi todos los mexicanos.

¿Cuál es ella? La publicitada y conocida afirmación que establece, sin duda alguna, lo que podría ser el undécimo mandamiento: la corrupción es el problema número uno de México. Expresado de otra manera, con miras a culpar a otros de lo que es responsabilidad de todos, lo decimos así: todos los problemas del país derivan de la corrupción de los políticos.

Mantengo que más que la corrupción, nuestro mal más dañino es la ignorancia. La ignorancia, no como la entienden los ignorantes que piensan que esa cualidad —que al poseerla nos califica como ignorantes— es, no un insulto, pues significa: ausencia o falta de conocimiento.

Doy un ejemplo que espero deje en claro mi posición al respecto. Durante los años de 1970 a 1982, tuvimos la desgracia de llevar a la Presidencia de la República a dos mexicanos que, sin temor a equivocarme podríamos calificar de ignorantes supinos en materia económica y precisaría, en el manejo correcto y responsable de las finanzas públicas.

La ignorancia supina la define la Real Academia Española como la ignorancia que procede de la negligencia en aprender o inquirir lo que puede y debe saberse. En aquellos doce años quedó evidenciado que, tanto Echeverría como López Portillo (escribo el segundo apellido para diferenciarlo del otro López que, si bien aún no toma posesión, lo hará este 1 de diciembre), eran ignorantes supinos porque, cumplen con la definición que da la RAE: la ignorancia que procede de la negligencia en aprender o inquirir lo que puede y debe saberse.

Diría, entonces, que tanto Echeverría como López Portillo fueron ignorantes supinos porque, deberían haber aprendido e inquirido lo que podrían y deberían saber en materia económica y el manejo responsable de las finanzas públicas.

Esta obligación deriva de algo tan evidente como que ambos fueron elegidos presidentes de Estados Unidos Mexicanos cuando, el problema número uno a enfrentar por ambos —en su calidad de presidentes— era de índole económica. Al negarse a cumplir con el deber de aprender lo que podían y debían, los dos fueron ignorantes supinos.

Mantengo pues, que daña más al país y a su economía y, por supuesto, a la construcción de un mejor futuro para todos, la ignorancia que la corrupción. Ésta, condenable moralmente sin duda porque, por encima de que usted lo acepte o no, no es un delito tipificado en la legislación penal, sino una conducta moral que cae en el ámbito privado la cual, es consecuencia lógica de los valores de cada uno.

Lo que la ley sí castiga —por estar debidamente tipificados como delitos— son conductas como el soborno y el peculado entre otras. Sin embargo, le pregunto a usted, ¿cómo considera la ignorancia o la ausencia de conocimiento en éste o aquel tema? ¿Delito que merecería cárcel y/o una multa? ¿Y cómo determinaría el monto de ésta?

Cuando un ignorante llega a posiciones de decisión en el aparato público donde, con base en sus facultades canaliza errónea, pero honradamente recursos públicos y/o aplica políticas que él y otros ignorantes han diseñado, ¿imagina el daño para la economía? ¿Tiene idea del daño causado por Echeverria y López Portillo como consecuencia de su ignorancia económica?

Ahora, volvamos al presente; de lo que usted ve hoy, ¿afirmaría sin temor a equivocarse que López —el de hoy, sin el otro apellido—, y los mencionados para integrar su gabinete, calificarían como ignorantes supinos? De calificar, ¿tiene idea del daño inmenso que causarían?

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