COLUMNAS

Ya sé que no aplauden

La inmaculada percepción

VIANEY ESQUINCA

• El periodismo en México en la era priista, salvo muy honrosos casos, estaba sometido al poder.

21 de Junio de 2020

“Ni crean que me van a tumbar con críticas de los periódicos; al revés, voy a luchar frontalmente por mi país”, “hemos estado bajo una metralla impresionante de ataques por una sarta de babosadas que no tienen la menor importancia para nuestro país”, “yo ya dejé de leer una buena cantidad de periódicos, porque, francamente, me amargaban un poco el día”, “el afán crítico de los medios ha sido espectacular, yo creo que nunca había pasado en el país que así se tratara al Presidente de la República, inclusive a su esposa”, “luego hay muchísima distorsión en la materia en que se dan las noticias, hay mucha calumnia, hay mucho engaño, hay mucha mentira, recientemente, en los medios de comunicación”.

Esas palabras son de un presidente que terminó su luna de miel con los medios en menos de un año y que repetía hasta el cansancio que el ejercicio periodístico y la crítica gozaban de la protección y tolerancia “nunca antes vistas”: Vicente Fox.

El panista tenía un punto. El periodismo en México en la era priista, salvo muy honrosos casos, estaba sometido al poder. En el 2000, los medios en México aprovecharon la coyuntura para romper sus cadenas con el gobierno federal, o crear una nuevas, más acorde con sus intereses. Sin embargo, la libertad obtenida no le cayó bien al entonces mandatario.  La relación amor-odio entre los presidentes y los medios de comunicación desde entonces no ha sido fácil. Desde Fox, pasando por Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, los mandatarios se han quejado de que las críticas de los medios son injustas y se centran únicamente en lo malo.

“A fuerza de puras malas, malas, malas, malas, malas, malas (noticias) también estamos haciendo un efecto de demolición del ánimo nacional y entonces eso afecta a la gente, a la economía”, señaló en su momento Felipe Calderón, quien, también se quejaba por la forma en que se cubría su guerra contra el narcotráfico: “Claro que si uno ve la prensa nacional, desde luego que la manta que dejan (los narcos)… lo que nos cuesta a cualquiera de ustedes o al gobierno pagar una primera plana de varios millones de pesos, eso sí aparece en primera plana y a todo color”.

“A veces, repito, nos inundan o nos quieren inundar con malas noticias, las buenas noticias cuentan y cuentan mucho”, “no hay chile que les embone. Si no los agarramos, porque no los agarramos; si los agarramos, porque los agarramos” y “ya sé que no aplauden” son algunas de las frases con las que Enrique Peña Nieto se refería a los medios de comunicación y el tipo de cobertura que le daban a sus actos.

López Obrador, aunque se enoja cuando lo comparan, no es el primero ni el último mandatario que se quejará de los medios. Él —al igual que los otros exmandatarios— tiene la tentación de victimizarse, de dictar la agenda y de quejarse que sólo ven lo malo de sus administraciones.

La diferencia con sus antecesores es que, como nunca antes, López Obrador se queja todos los días —sin excepción— de los medios. Como nunca antes, el mandatario personaliza sus ataques con nombres y apellidos sólo porque no le gusta la manera en que piensan o se expresan de él. La libertad de expresión es castigada en las mañaneras, donde el tabasqueño decide qué medio es profesional y cuál no. Como nunca antes, el morenista ha estigmatizado a la prensa y alentado a sus seguidores a atacar a reporteros y columnistas con frases como: “si se pasan, ya saben lo que sucede”. Como nunca antes, el Ejecutivo siente que no sólo la prensa nacional, sino también la internacional, lo persiguen y por eso han establecido una especie de complot en su contra. En eso, hay que reconocerlo, el Presidente es único.

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