COLUMNAS

OPINIÓN: Los feminicidios se resuelven en casa

VÍCTOR BELTRI

18 de Septiembre de 2017

Ni una más, ni una menos.

La realidad es inexorable, aunque los hechos quieran disfrazarse. Nuestras mujeres están muriendo, por docenas, todos los días. En todo el país, en todos los estratos sociales, en las circunstancias más absurdas: lo mismo tras una discusión en casa, que caminando por una calle o al abordar el transporte público. Nuestras mujeres están siendo asesinadas por personas que creen que, de alguna manera, tienen el derecho de hacerlo.

Un derecho que les sería conferido o por las circunstancias o por la experiencia, pero que, en cualquier caso, está siendo respaldado por la sociedad misma. Por las circunstancias, el mero hecho de que una mujer se encuentre en una posición de vulnerabilidad legitimaría el ataque: “estaba borracha”, “era de madrugada”, “llevaba ropa provocativa”. Por la experiencia, la manera en que los problemas se solucionan en el entorno familiar determinan las reacciones a futuro: quien, en la infancia, aprende que los conflictos se resuelven cuando papá golpea a mamá —y mamá se queda callada llorando— hará lo mismo cuando las circunstancias así se lo indiquen. Monstruoso, enfermo, respaldado por una sociedad que justifica la violencia —como lo demuestran las redes sociales— “porque seguro andaba de puta”, “porque sólo a ella se le ocurre tomar un taxi borracha a esa hora” o, en otros casos, porque “le pegó porque se lo merecía” o porque “las mujeres en la cocina”.

Los feminicidios son un problema impostergable. Un problema, sin embargo, que no le corresponde al gobierno o a una empresa: pretender que la violencia contra las mujeres se ha de resolver tan sólo aumentando las penas a los agresores, o reforzando los procesos de selección de las empresas de transporte público, es una falacia que sirve, tan sólo, para tapar una realidad más opresiva y más indignante. Porque, si bien es cierto que los procesos y sanciones contra los agresores deben ser más eficientes y ejemplares, y que el pueril manejo de crisis de Cabify parece haber sido financiado por su competencia directa, lo es más que los feminicidios no terminarán hasta que no nos demos cuenta, como sociedad entera, de que nadie —nadie— tiene ningún derecho sobre otra persona.

Nadie tiene ningún derecho sobre otra persona. Ni siquiera si esa persona ha bebido, o su ropa muestra parte de su cuerpo. Ni siquiera, incluso, si acepta tener relaciones sexuales. Un contrato de matrimonio tampoco otorga derecho de un cónyuge sobre el otro, y mucho menos -mucho menos- lo confiere el recuerdo de un padre desalmado que desataba sus frustraciones sobre una madre sumisa. Tampoco lo otorga -y hay que decirlo- la estupidez colectiva que festeja el abuso de una persona sobre otra en redes sociales, chistes o prejuicios.

Los feminicidios se resuelven en casa. De manera personal, con un compromiso cotidiano. No es responsabilidad del gobierno, ni de las empresas, sino de cada uno de nosotros, hombres y mujeres: se trata, simplemente, de entender que unos y otras tenemos los mismos derechos. Los feminicidios se resuelven en casa, evitando la equiparación de las mujeres con un objeto que presta servicios domésticos o sexuales. Los feminicidios se resuelven en casa, evitando la propagación de estereotipos que perpetúan la supremacía de un género sobre el otro o los resaltan: los feminicidios se resuelven en casa, cuando seamos capaces de reprimir, conscientemente y avergonzados, el muy lamentable “tenía que ser vieja”. Los feminicidios se resuelven en casa —sobre todo— repudiando cualquiera de estas conductas por parte de quienes nos rodean.

Por supuesto que es incómodo: es mucho más sencillo buscar culpables que asumir responsabilidades. Si queremos cuidar a nuestras mujeres, tenemos que ser congruentes con nuestros actos: es mucho más fácil culpar al gobierno o a la empresa que entender que la responsabilidad también es nuestra. Fuenteovejunano funcionará, en esta ocasión, si lo que queremos, en realidad, es resolver el problema: es preciso que entendamos —de una vez por todas— que el doble discurso, como lo apuntaba con acierto una de las pancartas del día de ayer, también es violencia. Que la violencia comienza en casa, y que nadie, absolutamente nadie, tiene derecho conferido alguno sobre otra persona.

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